Me hablas de desobediencia con ojos iracundos, presto siempre a demonizar al enemigo. Estás en tu derecho. Pero, deja que te diga, desobedecer no es tirar la piedra y salir corriendo hasta la frontera más cercana. No es tergiversar la realidad hasta que se adapte a tus ensoñaciones. No es rebelarte con gran pompa y boato para luego manifestar que aquello era poco menos que una broma. Y no es, sobretodo, difamar en nombre de todos cuando más de la mitad no te soportan. Yo, lo siento, no creo en tu capacidad para liderar a las gentes a quienes azuzas para invadir las calles. Las calles no son tuyas, ni mías, son de todos. E invadirlas por las buenas no deja de ser un acto de violencia manifiesta. Yo creo que te ha crujido el discurso de tanto exagerarlo y lo que empezó siendo una legítima propuesta es hoy una retahíla de despropósitos con más parches que un balón de playa. Yo no te deseo cárcel ni penuria alguna, aunque tus escritos revelen un alma miserable, pero sí que reflexiones antes de que el gas prenda en una explosión descontrolada. La masa es material inflamable si no se manipula con cuidado.

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